• Argentina Provincias con Ricardo Biglieri y aquella luz… mala


     

     

     

     

    Desde Pergamino, Provincia de Buenos Aires, Argentina, Ricardo Biglieri que ha sido monge antes que fraile, como se dice en España, nos recuerda vivencias pampeanas, esos arrieros con ganado cruzando los campos y una noche muy especial

     



    Arreo con  problemas en la Pampa de Argentina

    Era un año en que la pobreza se hacía sentir en quienes estábamos dependiendo de un jornal que no nos permitía llegar a fin de mes. El patrón de la estancia El Requiebro nos ofreció llevar una tropa a veinte leguas de distancia y como la paga era buena, con mi compañero decidimos aceptar la propuesta. La preparación previa a todo arreo de una distancia semejante lleva su tiempo. Hay que acomodar bien los “aperos”, comprar la manutención para varios días, ¡que no fuera a faltar la yerba!, un “encerao” en buenas condiciones por si lloviese, algún trozo de charque por si no encontráramos alguna pulpería durante el trayecto.

    Dos perros ovejeros, buena compañía

    Los dos perros “ovejeros” que siempre nos acompañaban aparentaban saber de nuestro próximo viaje, no se apartaban de nuestros “talones” y sus ojos parecían transmitir la alegría de romper la monótona vida en derredor de la casa. Así fueron transcurriendo los días previos a nuestra partida matizados por los abrazos de los “gurises”, que no les agradaba la momentánea separación.

    ¡Y llegó el día de la partida!

    Vacunos pastando en la pampa argentinaDesde horas tempranas, tratamos de revisar “las aguadas”, “templar” algún torniquete cuya alambre estaba floja, cosa de dejar todo organizado hasta el regreso. A media tarde, montado en mi caballo Encanto, junto con mi compañero de trabajo Luís, comenzamos con la tarea de “juntar”  la tropa, a la sazón pastando en un buen potrero.

    La encerramos en el corral de la manga, a su paso por ella volvimos a remarcar para reafirmar la propiedad de su dueño y la dejamos unas seis horas para que digirieran en parte la verde alfalfa que acababan de pastar. El patrón no quería que marcháramos con los vacunos llenos, porque solían caerse ahogados sus pulmones, por la fermentación del heno en su aparato digestivo. “Empastados”, en la jerga criolla. Alrededor de las once de la noche nos pusimos en marcha.

    Elegimos esa hora, porque empezaba a correr una suave brisa, que nos permitiría transitar sin someter a los animales al intenso calor diurno, que por sufrirlo afectaría la calidad de res y por lo tanto su valor económico decaería notablemente. Al tomar el camino real, un toro dando bufidos, “echándose tierra sobre el lomo” se negaba a seguir al resto, Luís hizo volver a unas diez vacas mansas, lecheras, y consiguió que se reuniera con los demás integrantes de la misma.

    Cerca de las tres de la mañana, aprovechando la entrada de un camino “ciego”, desviamos los animales al mismo, quedando los dos perros en su extremo para que no buscaran los vacunos volver a la querencia. Con unas biznagas secas hicimos un pequeño fuego y con él nuestra primer mateada acompañada por fetas de chorizos secos de fabricación casera, lo mismo que la “galleta criolla” que mi esposa había amasado y cocinado en el horno de “barro”, elemento tradicional en todo el campo.

    Cosas que pasan a los arrieros

    Así fueron pasando los días sin mayores contratiempos, salvo una pequeña “estampida”, al salir de un monte virgen un gato montés, que rápidamente los perros pusieron en fuga. En ese pequeño revuelo de animales un ternero “chúcaro” se dispersó del arreo y “tomó el campo”, alejándose varios cientos de metros. Luís con su “gateado” le dio alcance y con un certero “pial de volcado sobre la paleta” lo derribó y con el otro lazo que tenía, lo trajo a la “sidera” volviéndolo a juntar con los de su especie.

    Faltando poco para entregar el arreo, todo transcurría normalmente, habíamos conseguido alimento en las pulperías a la vera del camino y cuado no  lo hallábamos, recurríamos al charque  que llevábamos de reserva. Seguíamos al paso cansino de los animales, los cuales podíamos controlarlos por la suave claridad de una luna en cuarto menguante.

    Siempre transitábamos de noche, el calor diurno hacia que buscáramos sombra en algún monte virgen. La tarea de los dos perros que oficiaban de acompañantes no permitía que ningún animal se apartase del arreo. Así, pausadamente fue quedando atrás la tapera de los Sosa, el rancho de don Belisario, donde cambiamos de “monta” y mateamos por un largo rato.

    Esas cosas que se ven en el campo, la luz mala, la viuda negra, el chancho de lata

    Pero nuestra preocupación mayor era que teníamos que pasar por el “Puente de las Animas”, paso obligado para cruzar el Arroyo La Botija, lugar donde se decía aparecían seres irreales, tales como “el chancho de lata”, “la viuda negra” y toda la gama de creencias que alimentaban la hechicería popular.

    “¡Yo no creo en esas supersticiones!” - Murmuró  a mi compañero de labor – “¡Son todos inventos de los lugareños!” Exclamó, mientras oteaba un horizonte inexistente, donde solo se divisaban sombras. En realidad estábamos lejos de esas creencias, pero llegado el momento... Caía la luna. La noche ganó en oscuridad perdiéndose la visión sobre el arreo, lo que nos obligaba a estar más atentos a sus movimientos y sin darnos cuenta nos acercábamos  al paso tan temido.

    Y esa luz en el camino…

    Mis ojos divisaron a una distancia imposible de calcular una tenue luz, que al aproximarnos aumentaba en volumen. Por mi interior empecé a sentir un cosquilleo, mezcla de temor y angustia, pero no quería que mi compañero viera como estaba perdiendo el ego, que minutos antes le mostraba altanero en mi conversación sobre esos temas, porque yo también había hecho alarde de no creer en esas supercherías. Mis manos temblorosas, humedecidas por una fría transpiración les costaba retener las riendas de mi montado. Mientras tanto, Luís a la sazón, se aparea a mi lado. Lo presiento como desencajado y tartamudeando me pregunta  “¿No sería la famosa luz  mala?...  ¡Se  viene para este lado!” Fue lo último que le escuche decir.

    Hombre corajudo habría sido!

    Volviendo a mis raíces, libro del escritor de Pergamino, Argentina, Ricardo BiglieriPegó la vuelta. Y de un “chirlo” de rebenque, taloneando su tordillo, en un giro del animal emprendió veloz retirada, exclamando “¡Ave María Purísima!!!  ¡Yo me las pico!”

    Mientras esto pasaba, también yo pensaba en mi responsabilidad sobre la tropa que me habían confiado  No quería dejar los animales a su libre albedrío, pues sabía que se produciría la pérdida de algunos de ellos. Recompongo la situación, decidiendo seguir adelante, pase lo que pase, llevando instintivamente la mano a la cintura, donde mi facón, sujetado por la faja de lana, estaba presto para salir de su vaina. Sigo despacio, los destellos parecen cada vez más cerca, mientras el vuelo silbante de un búho pasa sobre mi cabeza como seña de un mal presagio. Con sus garras roza a mi perro, dos metros delante de mi cabalgadura, respondiéndole éste con ladrido, mezcla de dolor y rabia. ¡Cosas de mal agüero! Pensé para mis adentros.

    No sabía si hacía frío, pero por mis piernas corría una transpiración helada que se perdía en el interior de mis botas. A todo esto las vacas formaron un círculo, no queriendo avanzar más y los perros lanzaban ladridos infernales. En la penumbra nocturna veo un bulto parecido a un hombre vestido de blanco, que con  los brazos estirados trataba de detener el arreo, luego se sumó otro en la misma posición y una serie de gritos guturales rompen el silencio en la oscuridad, tratando de detener el paso de los animales. Desenvaino mi cabo de plata, taloneo el zaino montado y encaro esa efigie blanca en el medio del camino, dispuesto a cualquier cosa, cuando sentí un grito

    “¡Un momento amigo!”

    “Ayúdenos a que no se mezcle la hacienda, sino no la separamos más” Haciendo señas con el poncho blanco trataba de detener el arreo. Otra tropa hacía noche, esperando el amanecer, corriendo peligro de mezclar los animales  “¡Gracias por el aviso!” Le respondo, volviéndome el alma al cuerpo y supongo que los colores naturales al rostro, mientras mi acompañante volvía a galope tendido como si nada hubiera pasado.


    “¡Recuéstela sobre el lado derecho y siga!” - Exclamó el colega – “¡Eso si es que no quieren tomar unos mates! que es lo que estábamos haciendo, arrímense al fuego si quieren entrar en calor, porque ha refrescado bastante con este viento sur que se ha levantao” “¡Le agradezco!” – Exclamo -  “Vamos  apurados. El pesaje es a las diez y queremos llegar a tiempo” Mi contestación sale entrecortada de mis cuerdas vocales, tensas, luego del momento pasado.

    ¡El fuego! Ese fuego fue el causante de la luz que tan mal nos puso, pienso. Me comentó Luís que estaba a mi lado “¡Luces malas a mí! ¡Yo nunca le tuve miedo! Puras pavadas” y mientras lo exclamó iba retomando el color a sus pálidas mejillas.

    Ricardo Biglieri desde los pagos de Pergamino

    Un vídeo que cuenta y trata el tema de la luz mala, para quienes la vimos, una realidad, nada de leyenda

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    Lista de comentarios

    JUAN CALDERON24/02/2017 15:11:20

    Felicitaciones Ricardo Biglieri por el relato del arreo y los arrieros. Un cordial saludo.

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