• Argentina Provincias - Miguel Andreis de Villa María, Córdoba

    Está firmado por el Director del periódico de Villa María, Cordoba, Argentina, Miguel Andreis y analiza un aspecto de nuestro país que leemos y oímos comentar, pero del que muchas veces no tenemos una información detallada, como para valorarlo. Son las subvenciones que se otorgan desde distintos estamentos gubernamentales, a nivel nacional y provincial. Esto afirma nuestro colega de "El Regional Semanario"


    Un país “adicto” a los subsidios



    Se entregan 11 millones de pesos por hora. En Argentina subsidia de todo. Desde un preservativo, las píldoras del días después, hasta un viaje en avión. Una información aparecida recientemente en La Nación exponía que en la actualidad  el Estado tiene una erogación de 11 millones de pesos  en subsidios por hora. Y que los mismos crecieron un 34% en un año. Desde el trigo, es decir el pan, pasando por los combustibles, la electricidad (26.000 millones); el transporte sea por tierra o por aire; varios alimentos, los canones a cerealeras. El trabajo genuino queda mimetizado con el que es sustentado por las arcas públicas. El interrogante es saber cuánto más puede durar esta forma de gestionar.  Si el valor de dicho accionar son las intenciones de voto, puede decirse que casi la mitad de los ciudadanos aprueban este sentido de hacer política…

    Estamos frente a una indisimulable asimetría del esfuerzo y sin pautas del compromiso por desarrollarnos. No es simple interpretar  un país que creció a niveles chinos, por 7 años,  básicamente gracias a la exportación granífera, léase soja, sin que haya podido o sabido, promover una política de industrialización que absorbiera la gran cantidad de mano de obra ociosa. Actualmente en un número similar en desocupación  al de la crisis del 2002.  Han convertido al subsidió en otra causa de adicción. El asistencialismo en todos los órdenes  promueve dependencia. Deberían saberlo.

     La etimología del “subsidio”  El vocablo “subsidio”, tiene en su razón etimológica la definición de “sentarse”, y con derivaciones como el “bajarse, ponerse al acecho”. Suena a despropósito, además de falaz, considerar que todos quienes reciben subsidios están sentados. Muchos de los que producen necesitan del mismo para poder continuar y no ensanchar  el campo de la desocupación. Sucede que la extensión del mismo anula la esencia de su uso, como es paliar un contexto de emergencia. Aquí lo que debería ser una excepción a la adversidad fue convertido  en una acción natural.  Por motivos diversos fuimos perdiendo valores como el de esfuerzo, la cultura del trabajo, y posiblemente no faltó quien especuló que los subsidios se convertirían en una herramienta que pondría nuevamente en marcha el aparato productivo, que el neo liberalismo  mandó a sillas de ruedas. Vamos por tres generaciones excluidas y que se aferran al asistencialismo del mismo modo que un adicto se aprisiona a las drogas, el alcohol,  o el juego. Se les llama “clientelismo político”.  Claro, es preciso decir  que el mayor volumen de fondos que salen del erario público no pasa necesariamente por lo que es derivado a los desposeídos; ni a la asignación universal por hijo, que debe entenderse como una necesidad impostergable, lo turbio son los recursos para estructuras o empresas  que deberían amortizarse por sus propios medios. Todo se mezcla, liberaciones de impuestos a grandes firmas,  con la construcción de viviendas;  productores lácteos; tarifas de servicios públicos, y olvidados en su carácter de personas. Etcétera.

    Los subsidios alcanzaron en el 2010 a 46.000 millones de pesos; unos 11 millones de pesos por hora; se estima que en forma directa o indirecta serían entre 12 y 15 millones las personas beneficiadas con la citada asistencia (no siempre social).

     Una sociedad dopada   Economistas, politólogos y sociólogos saben que pocas cosas son más dañinas a largo plazo, para el sistema productivo, que sostenerlo en base a subsidios. Se pierde el sentido de la competencia. Además, condena al hombre a “sentarse” y por el otro diluye todo interés de progreso. Lo mismo que los adictos, que pierden el sentido de la diferenciación entre lo correcto e incorrecto.

    En los enfermos de adicción,  el mayor temor de quienes los asisten, se ubica en la etapa del tratamiento cuando se les retira el factor de dependencia o sustancia que lo aleja de la realidad. Será en ese estadío de abstinencia a las drogas, el alcohol, el juego,  cuando se accionará  otra reacción espantosa: el “delirium tremens”. Allí la alucinación deberá convivir con la realidad. El cuerpo enfermo no quiere la realidad, prefiere la alucinación, aunque  ésta lo lleve a su fin como persona. Eso parece sucedernos como país.

    Cuando la mentira llegue a su fin
      Pensar en una sociedad con 10 ó 12 millones de personas en delirium tremens debería llevarnos, mínimamente, a una reflexión. Este estado de obesidad mórbida de subsidios, más tarde o más temprano hará eclosión. Lo demás es una falacia que permite sostener el poder y convencer a una sociedad ansiosa de escuchar solo lo que quiere escuchar. Perón decía que “la única verdad es la realidad”  ¿Qué podría pasar el día que esos fondos ya no estén más para repartir? ¿Cómo reaccionará esa parte de la sociedad que hoy demuestra un notorio afecto por lo que les llega sin esfuerzo? … la adicción  a los subsidios es una patología morbosa, pero infalible para el poder. Pensar que por años los liberales hacían buches diciendo que el ferrocarril era una carga para el estado porque daba un déficit de un millón de pesos diarios…

    Miguel Andreis
    Argentina al Mundo recorriendo las publicaciones argentinas, reflejando diversas realidades

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