• Argentina Folklore con Roberto Coya Chavero en Cerro Colorado

    Seguramente que, como ahora mismo mateando en el patio en Cerro Colorado, Provincia de Córdoba, Argentina,  a veces tienes ganas de cantar para ti mismo… ¿Cuáles son los temas yupanquianos que tocas y entonas en esos momentos?

    Las canciones fueron cambiando con los años. Cuando era un jovencito siempre aparecía La Añera, Basta Ya, de las canciones de mi padre; también cantaba Añoranzas de las nuestras. Pero  escuchaba otras canciones que estaban en Long Plays que mi padre traía:   “Ya se van los pastores” o ”Eres alta y delgada”  por Joaquín Díaz o “Manuel” por Serrat.

    Pero, en esos años adolescentes y aún lo es hoy, era fuente de emoción y vida escuchar a Paco Ibáñez. Y entonces yo cantaba Andaluces de Jaén, “Carta a Julia”, aquello de Blas de Otero “Me queda la palabra”. Eran mis compañeras en esas horas de soledad. En ese momento me sentía rodeado de todos mis seres queridos, la música y las canciones de mis padres, Lorca, Celaya, los Machado, Alberti, D’Ory, Nicolás Guillén, Neruda, Fernando Alegría, León Felipe, Vallejos. Intentaba con dos dedos la Chacona de Bach. Cuando pienso en ello, qué parentela puede uno armarse con solo levantar la vista del surco!.

    Más adelante empecé a tratar de acompañarme mejor en la guitarra y empezaron a aparecer otras canciones de mi padre. Le cantaba a mi hijo mientras se  dormía La Milonga del Peón de Campo, cada noche, Zambita Arribeña, Cachilo Dormido. Viene Clareando y otras obras hermosas empezaron a asomarse para hacerme compañía en esos momentos. Pero La Añera conservaba una vigencia dolorosa: la cantaba con gran angustia cada vez que recorría la última curva desde donde se ve esa pequeña olla que es Cerro Colorado cuando me iba.

    Cuando ya no tuve a mis padres y empecé con las tareas que hoy realizo hubo silencio por un tiempo. Mis otros familiares, esos que acabo de nombrar, seguían conmigo. Pero mi pájaro interior había enmudecido.

    A partir del contacto con otros músicos, volvieron las ganas de cantar y de hacer música. Y entonces regresaron aquellas canciones y de a poco fueron apareciendo otras: Cardoncito de la Loma, Mi Pago Viejo, Leña Verde, Milonga del Solitario, y empecé a escribir letras y  a componer. En estos años las que me acompañan son Cardoncito de la Loma, Corazón y siempre Campesino. Aprovecho para practicar las mías también. Tengo un amigo cantor, Héctor Romero, quien me dijo una vez: las canciones hay que cantarlas doscientas o trescientas veces antes de presentarlas al público. Toda la razón para él. Así hago.

    Ahora practico diariamente un par de chacareras que he compuesto. Una dedicada a mi abuelo: Monte Redondo (lugar en el que nació). Otra Hilandero de los sueños.  Otras que he musicalizado de mi padre: Por la Pampa y de a caballo (una milonga), Florcita ’i Chañar (una vidala), Musiquero de Ombucito y La Pasolibreña (dos chamamés).

    Y por supuesto sigo con la familia de siempre a la que se han agregado otros y forman parte de mi cielo.

    A veces te volverán a la cabeza cosas que te decía Yupanqui… ¿Alguna cosas en particular se te ha quedado más grabada?

    Roberto Coya Chavero junto a su padre, Atahualpa Yupanqui, el gran cantor, guitarrista y  creador de temas del folklore argentinoMi padre no era de dar   consejos. Tal vez lo hiciera  cuando yo era pequeño. Pero a partir de la adolescencia su actitud fue la de observarme, callar cuando consideraba equivocado mi proceder o mis palabras y  tener un gesto de cariño o de ternura en signo de aprobación. Nada más.

    Sí solía aconsejar por vía indirecta, frente al televisor o leyendo el diario soltaba alguna frase que como una flecha iba a clavarse en el centro de la verdad de las verdades. Y quedaba la vibración sonando como el eco de un cello.

     

    “El coraje no está en las botellas. Está en el alma.” “La vida es el eterno dilema entre el bien y el mal. De qué lado de la línea te paras eso te hace un hombre”.

    Una vez, caminábamos juntos por una peatonal, y un hombre, al pasar, le dijo, sin detenerse, “gracias don Ata”. Fue todo. Y mi padre, sin dejar de caminar, ni mirarme, con sus manos entrelazadas a sus espaldas me dijo: “ves hijo, ese es el mejor de los elogios”.  No solía decirme “hijo”, sin embargo esa forma elegida fue la que hizo inolvidable ese momento y ese comentario.

    Lo vulgar lo hería. Lo llenaba de pena. Esto enmugrece al mundo.  La mediocridad y la soberbia o las pretensiones artísticas no lo molestaban tanto.

    Recuerdo que me recomendó un libro de Gorki : `Los Rebeldes y Los vagabundos´. Allí hay una frase sobre la vulgaridad que “puede ser comprendida en la juventud y hasta festejada, pero es una bandera manchada de barro. Algo representa pero qué, no se sabe”.

    Mil y una veces me recomendó `Cartas a un joven poeta´ de Rilke. Pienso que veía e mi afán por leer poesía una cierta distancia de las novelas y otras expresiones literarias. Por eso me recomendaba Mann, Asturias, Arguedas, Amado, Ciro Alegría, Romain Rolland…

    Que yo conociera las tareas del campo y compartir esa tarea con los criollos. Tirar el lazo, ensillar el caballo, no brutearlo, eran su forma de enseñarme la vida.

    `Coya´, mate bien servido, buena sombra… ya me sirves el del estribo mientras te voy diciendo adiós desde España con un pedido… ¿Te parece bien que te veamos y escuchemos como cicerone del programa “Placeres EnCubiertos” con Pietro Sorba, tú mismo y la gente del pueblo, mostrándonos ese Cerro Colorado?

    Sí, recuerdo la entrevista. Este programa muestra las tradiciones culinarias de cada región de la Provincia de Córdoba. A veces se metía mi padre a la cocina. No era mal cocinero. Pero le faltaba paciencia.

    Recuerdo una vez que vinieron unos amigos al Cerro. Yo era pequeño. Mi padre preparó a una cazuela de gallina. Era invierno.Cuando se sirvió la gallina era imposible comerla por la cantidad de picante que había puesto. Ají molido. Mi madre lavó varias veces la gallina y no consiguió nada. Al final unos simples tallarines resolvieron la cuestión. Mientras, mi padre, al primero que había servido una porción era al muchachito que cuidaba la casa, Fermín. El asunto es que al retirarse las visitas, bien entrada la noche, estaba Fermín en camiseta en la puerta del rancho transpirando bajo el sereno y la helada.

    En lo personal me gusta cocinar. Como poca carne y prefiero verduras, frutas y pescados de mar. Sé hacer bien el asado y me gusta. Me gusta mucho la carne de vaca pero, como soy muy glotón, prefiero no comerla casi nunca. Me gustan algunas cosas dulces: en particular los helados, siendo el dulce de leche y la vainilla mis preferidos. Soy muy afecto a las Crêpes (dilección que me dejó mi madre). Simples, con azúcar espolvoreado.

    Bueno amigos como ven es una vida simple la mía: he tenido la gran fortuna  de tener un puerto al que volver. A veces con la nave intacta y otras medio maltrecha Y desde  ese puerto, con provisiones, velas nuevas y una brisa amiga salir a navegar, cuidando lo único que me pertenece: un cielo azul que llevo adentro y que limpio cada día para  vivir en paz con el universo.


     

    Más capítulos de esta larga charla a la distancia con Roberto `Coya´Chavero:

    Desde Argentina, charla con Roberto `Coya´ Chavero. Memoria íntima de Yupanqui -1-

    Desde Argentina, charla con Roberto `Coya´ Chavero. Memoria íntima de Yupanqui -2-

    Diálogo con Roberto `Coya´ Chavero, desde Cerro Colorado, Argentina. Memoria íntima de Yupanqui -3-

    Roberto `Coya´ Chavero nos cuenta de la Fundación Atahualpa Yupanqui – 4

    Una noche en Argentina. Rivero y Yupanqui guitarrean. Roberto Chavero lo recuerda

    Eduardo Aldiser
    Argentina Mundo recordando a Atahualpa Yupanqui en charla con Roberto Coya Chavero

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    Lista de comentarios

    Alfredo Mateo06/06/2012 04:03:53

    FELICITACIONES- Un video con mucha cultura y docencia. Gracias

    Rosa29/01/2012 18:47:59

    Muy bonito este artículo sobre Roberto Coya Chavero. Hace un par de años en una milonga de Buenos Aires ví bailar a una pareja Chamamé y me resultó hermoso.¡ Ojala ese dia, a su vez, lo hubiera cantado Roberto Coya seguro que hubiera resultado aún mejor.

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