• La Argentina de las provincias pampeanas… y esas melgas de añoranzas

    Durante la semana había realizado un trabajo exhaustivo  en la parte sicológica de la relación afectiva con mi padre. Nada de rezongos cuando a la salida del sol tenía que tener los caballos “empecherados” listos para abocarme a la tarea de “aporcar” el maíz, que luego de las intensas lluvias de esa primavera calurosa por esa pampa argentina, que impulsaba a los plantíos a crecer en altura más de la cuenta, por lo que había que apurar los trabajos de “aporque”, (arrimar tierra a la planta para su mayor sustentabilidad de sus raíces y detener el crecimiento de la maleza, a riesgo que por su altura muchas de ellas se quebraran). -¡Pero a los dieciséis años era un sacrificio!-

    Primero el trabajo…, después el baile
    Por Ricardo Biglieri, Pergamino, Provincia de Buenos Aires, Argentina

    Haciendo bien los “deberes semanales” sabía que no tendría problemas de conseguir el coche para mi uso personal al fin de ella. Él no era tirano, pero yo sabía que con mi aplicación al trabajo, ganaría puntos a mi favor en su subconsciente, obteniendo lo buscado: el coche para el fin de semana, aunque no tenía el carnet habilitante para conducir, de allí su reticencia.

    La carencia de automóviles, ignoraba en ese momento la razón de ello, hacía que los poseedores ofrecieran cierta resistencia a un uso desmesurado sin una razón determinada, aunque al correr de los años comprendería sus motivos. Pero bueno…, yo creo que todo padre se debe sentir tocado íntimamente a  negarse a un pedido de su hijo para  utilizarlo en una noche de esparcimiento, luego de una ajetreada semana; al menos yo tuve esa suerte y conseguí su asentimiento.

    Así que a las 18 hs., dejé mi trabajo en sus manos y me encaminé luego de higienizarme, inicié la marcha en el Chevrolet 28. Llegado al pueblo de El Socorro, la infaltable  barra  ya estaba en una mesa en la vereda, frente al club social del mismo nombre, haciendo “la previa”, como acostumbran a decir ahora los jóvenes, quizás con menor graduación y  horario más adecuado.

    El vermouth con Fernet y cubitos calmaba nuestra sed, los seis platos de ingredientes sería la única cena, y a las diez de la noche  entrábamos a la tertulia luego de haber pasado momentos gratos narrando cada uno sus cuitas semanales. No recuerdo el nombre de la orquesta que actuaba, pero su mención era sinónimo de atracción, por lo tanto el éxito coronó la reunión bailable.

    En ese tiempo los bailes terminaban a las tres de la mañana, luego de una tenue bajada de tensión de luz, cosa que algunas parejas aprovechaban para exteriorizar sus sentimientos quizás contenidos durante su transcurso. Promesas, despidos interminables, y de nuevo vuelta al hogar, si es que no nos deteníamos a terminar  la noche en casa de un ocasional acompañante entre salamines, cerveza y risas.

    Llegado a mi casa, alrededor de las cinco de la mañana, ya estaban los caballos con sus herrajes junto al viejo Oliver de tres surcos, como esperándome.  No dije nada. “Hombre calavera no chilla”. Tomé la taza de café con leche y esa galleta criolla (una esponja), manteca casera, producto que a fuerza de muñeca elaboraba mi madre y partí para el lote que quedaba como a mil metros de la casa.

    Arando en la pampa argentina, con implemento de tres rejas y tracción animalTodo normal, hasta que a eso de las nueve de la mañana, cuando empezó a apretar el calor, me invadió un sopor en mi mente, mezcla de música, risas, recuerdos amables y…, sueño. Un sueño insoportable.

    Llegado a la cabecera del lote, hice un alto  en la labor para estirar las piernas y tratar de despejarme. Observando la tierra negra fresca, recién extraída y sin pensarlo dos veces, até en la palanca de “clavar” la herramienta las riendas de dirigir a los animales, acomodé en la concavidad del surco el cojinillo que cubría mi asiento, con el saco que en ese momento no utilizaba, lo coloqué para fabricar una precaria sombra sobre él y debajo de ella me recosté.

    Giraban en mi cabeza las melodías de “Charleston Parisién, Azul pintado de azul”, sonrisas, copas, y…, más no recuerdo. Solo se que sentí un fuego en la mitad de mi rostro, después de despertarme luego de no se que tiempo. ¿Qué había  pasado? En su movimiento de rotación, la tierra fue desplazando la sombra y el sol en ángulo recto dejó rojo el costado derecho de mi cara.

    Sarna con gusto no pica” dice un antiguo refrán criollo, así que dí dos vueltas más mientras me refrescaba con hojas de nabo silvestre y encaminé para casa. El molino abierto era la señal del almuerzo y fin de la tarea por ese día de descanso. La reparadora siesta dominguera calmaría la comezón.  Pero estaba tranquilo porque yo había cumplido con mi querido padre, y él también ya que se encargó de “engordar” mi billetera cuando encontré como al descuido “unos canarios” sobre el asiento del coche.
     
    ¡Pensar que mucho tiempo después tendríamos tractores con aire acondicionado y nos levantaríamos a las doce! ¡En hora buena que el progreso alivianó esas tareas! - ¡Bienvenido sea! Pero aquello… ¡A mi no me lo van a contar, porque yo lo viví!  


    Ricardo Biglieri, maestro y escritor de Pergamino, Provincia de Buenos Aires, Argentina. Sus notas las publica www.argentinamundo.com de EspañaArgentina Mundo, recorriendo las provincias argentinas, esa lejana pampa mía
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    Lista de comentarios

    castellari guillermo05/03/2015 15:20:03

    que lindo recuerdo purre saludos

    Perla Azcoitia03/08/2013 19:41:53

    Hermosa semblanza de tiempo pasados que con musco menos nos conformábamos y éramos felices.

    Adolfo Zabalza02/08/2013 21:57:15

    Si bien con Ricardo, casi todas las mañanas nos reunimos a tomar nuestro café matutino casi poco hablamos de relatos o poesías, pero no hay dudas que hay en El, un fiel exponente del narrador y relator de las cosas del campo.- Gracias Ricardo por tus buenos trabajos y me alegra que el amigo Eduardo ya te considere como a una persona que merece ser tenida en cuenta, para seguir engalanando con tu pluma las paginas de Argentina Mundo.- Atte.- vasco

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