• Provincias argentinas. Esas cosechas de maíz, el malacate, un mate…

    Las tierras pampeanas de Pergamino, al norte de la  Provincia de Buenos Aires, son de las mejores de Argentina . Allí nació y  vive Ricardo Biglieri, que fue en su juventud un agricultor de pura cepa, descendiente de esa colonización italiana que dio tan buenos chacareros. Ahora deja que su voz sabia, aprovechando el maestro que ha sido, vaya dejando testimonios de un campo argentino pródigo, feraz, hacedor de riquezas. Éste es su relato, donde melga es el primer surco que se traza al arar el campo. Si es bien recto, así quedará de bien arada la tierra criolla…

    Marcando melgas…
    “La agricultura se ve fácil cuando el arado es un lápiz y se está a mil millas del campo de maíz”
    Dwight Eisenhower

    La cosecha de maíz llegaba a su  fin y por suerte había sido abundante. Prueba de ello eran esas dos trojas que contenían mil bolsas de mazorcas cada una, como premio a la labor, a veces con incertidumbre por los factores climáticos que debe afrontar el agricultor. Atrás habían quedado esos meses en que un grupo de jornaleros, encorvados desde el amanecer hasta la puesta del sol, recolectaban las relucientes espigas.

    Mi padre, tratando de aumentar los ingresos, ya que sus hijos querían tener su parte en la explotación, tomó en  arrendamiento un campo  a diez kilómetros del casco de nuestra chacra. Pasamos a tener “acciones” en la explotación. Así que para evitar el traslado diario, decidimos “acampar” en ese lugar por el tiempo que llevara la preparación del suelo para el próximo sembrado.

    Típica chacra argentina, con los potreros sembrados de trigo, listos para la recolección. Paisaje de la región pampeanaLa comida la traería él en la “volanta”, vehiculo imprescindible en toda residencia campesina. Habíamos resuelto quedarnos, establecer el “campamento” (una habitación fabricada con chapas de cinc), en ese lugar porque existía un “tanque australiano”. Alimentado por un viejo molino, de veintiocho pies de altura, con una rueda desvencijada, que en sus giros dejaba escapar los lamentos por falta de lubricante. Allí abrevaban los dieciocho caballos que con mi hermano habíamos llevado para arar ese tupido residuo que la cosecha anterior había dejado.

    Como suplemento, por si llegara a faltar el viento, existía un herrumbrado “malacate”, elemento poco conocido que, al girar su rueda tirada por un caballo, el eje por medio de una “biela” hacía aspirar el agua con el clásico efecto de un bombeo, a un cilindro de tres pulgadas sumergido en profundidad.
    La precariedad del ambiente, servía también a veces de alojamiento a alguna rata  que buscaba guarecerse del frío debajo de nuestras almohadas, provocándonos más de una situación incómoda. Ella fue subsanada al  traer a mi perro “Farol”, un “ratonero” que pernoctaba entre las dos camas. Desde ese día no tuvimos más esas desagradables visitas.

    A la mañana temprano, esquivándole a yuyos cubiertos de rocío o escarcha, uno de nosotros, llevaba los animales al corral de encierro, mientras que el otro preparaba en una “tiznada” pava, el café con leche, acompañado de “galleta criolla”, cuya masa tenía la particularidad de no endurecerse rápidamente.

    Preparado el terreno para que las rejas y vertederas cumplieran su labor, comenzaba el laboreo con dos arados de dos rejas cada uno, que eran tirados por seis caballos, tres al tronco del mismo y otros tres, “los cadeneros” delante de aquellos.

    Así pasábamos la mañana, hasta cerca de las doce del mediodía, cuando veíamos venir  en la lejanía, guiado por nuestro padre, el “vehículo”, portador del almuerzo. Regresábamos al campamento, y dejábamos en libertad a los caballos luego del rudo esfuerzo matinal.

    Sobre una precaria mesa, fabricada por un tablón montado sobre dos caballetes, mi padre colocaba la olla de hierro de tres “patas” previamente calentada con la combustión de algunos marlos. En ella se hallaba preparada una apetitosa sopa y abundante “puchero” compuesto por verduras, trozos de carne, algún chorizo español y “cueritos de cerdo”. Todo ello rociado por un abundante condimento que solía dejar sus huellas de hormigueo en nuestros labios. Como postre, varios “mates amargos” http://argentinafolkloreyprovincias.es/Productos-de-provincias-de-Argentina.-Yerba-mate/463, con los clásicos pastelitos de dulce de membrillo, que las hábiles manos de nuestra madre fabricaba con esmero.

    Mientras nosotros almorzábamos, nuestro padre se ocupaba de “empecherar”, es decir colocar los arneses a la tanda de animales que cumplirían el turno de la tarde. Y de nuevo a dar vuelta la tierra, hasta que el sol comenzaba a perderse en el horizonte y las bandadas de gaviota y bandurrias, eternas compañeras durante nuestra labor, retornaban a la laguna cercana, donde al reparo de una pequeña barranca se aprestaban a pasar la noche.

    Una tarde, la reja de mi arado dejó al descubierto una cueva de “zorrino”; mi perro, que seguía invariablemente con su trote cruzado, en el surco recién abierto, al descubrirla, escarbó un poco y sacó al animal fuera de ella. Todos sabemos el arma de auto defensa que este animalito emplea cuando se siente atacado. Para ello dispara, desde un orifico en el tronco de su cola, un líquido de un olor desagradable y que puede llegar a los cuatro metros de distancia. Además de su olor nauseabundo, posee un poder urticante.

    La lucha entre los dos era a muerte. “Farol” arremetía  y se volvía con los ojos rojos, ardientes restregándoselos contra la maleza, mientras el lugar de la disputa se impregnaba de un repugnante mal olor. Después de algunos minutos, el zorrino cayó triturado por las fauces de mi fiel guardián quien contento se me acercó como muestra de la labor cumplida, pero tuve que rechazar el afecto, porque su pestilencia era insoportable. Esa noche no pudo dormir entre  las dos camas. El olor de su pelambre era insoportable.

    Ricardo Biglieri, agricultor, escritor y maestro de Pergamino, provincia de Buenos Aires, ArgentinaVolviendo al eje del relato, luego de higienizarnos, cenábamos el clásico “guiso carrero”, nuevamente traído por mi padre, luego una “tajada de queso cáscara colorada” acompañada por dulce, mate amargo y -¡a dormir!-. Cuando llovía aprovechábamos para regresar a la casa paterna, higienizarnos, descansar en nuestras añoradas camas y en el amplio galpón de cinc, hacía los arreglos de los arneses mi hermano, los trabajos de herrería, mi padre  y  yo.

    Demás está decir que los domingos la norma era no efectuar ningún trabajo. Regresábamos a casa; como primera medida un baño tibio en una precaria bañera de cinc, pero bañera al fin; el filo de una hoja de afeitar casi no alcanzaba para rasurar la espesa barba de una semana. La mesa familiar con los clásicos tallarines amasados a mano, estirados con el  palo de amasar de “palmera”, que nuestra abuela había traído de Italia, todavía recuerdo esas pastas regadas por el vino “fato in casa”,-¡un manjar!

    Remataba el almuerzo, el infaltable “flan casero” acaramelado, que ineludiblemente exigía su repetición. Luego marchábamos al próximo almacén de “ramos generales”, donde había una cancha de fútbol. Allí dábamos rienda suelta a la energía acumulada durante el tiempo ausente.

    Eran habituales los partidos  de futbol con colonias (así se les llamaban) de gente que no pertenecía a nuestro sitio, quizás distante varios kilómetros, o algún partido de bochas a la luz de un “sol de noche”. Al día siguiente la misma rutina, “marcando melgas” en el lote en el cuál luego de prepararlo, sembraríamos lo ya planeado.

    Así era en un breve trazo, la vida de jóvenes agricultores, fruto de ese crisol de razas que fueron aglutinando nuestra nacionalidad, permitiéndonos con nuestro esfuerzo aportar un grano de arena en la construcción de este bendito país, que es Argentina, con las coincidencias y divergencias que toda sociedad tiene, pero siempre con la visión del progreso que nos marcaran  nuestros antepasados.

    Ricardo Biglieri, Pergamino - Provincia de Buenos Aires - Argentina  
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    Lista de comentarios

    Claudia Córdoba25/03/2013 03:49:14

    Que lindo!! Cuántos recuerdos! Si bien yo era chica, vienen a mi memoria varios momentos como los que relata, pasados en el campo de los Scarficcia. Con mis hermanos nos encantaba ver el trabajo de campo y acompañar a los "tíos"(así los llamabamos) de mi mamá en la recorrida en el campo recogiendo choclos, juntando huevos.
    Un abrazo Don Ricardo

    Elida N. Cantarella.25/03/2013 01:02:24

    ¡Cùantos recuerdos!las vivencias son comunes a quiene hemos crecido en medios rurales.
    Ricardo, supongo que el almacèn al que haces referencia,pertenecìa al señor que por estos dìas perdiera la vida en un accidente, en el centro de nuestra ciudad, Pergamino. El recordado boliche de La Vanguardia.
    ¡Que bueno que otras comunidades conozcan relatos de nuestra tierra, costumbres, cultura!
    Un abrazo a Ricardo y a quienes componen el equipo de ediciòn.

    Norma Morell24/03/2013 22:51:52

    Muy lindo Ricardo me emociona mucho leer y de paso recordar... mucas de las cosas que cuentas las he vivido,El malacate!!1 lo recuerdo bien, las tareas del campo.. que con mucho orgullo hacía tambien mi madre en la recoleccion del maíz con "maleta" a mano...juntaba de 10 a 11 bolsas por día ... y yo en enero mes de vacaciones escolares
    ayudaba en la cortada de guinea... que tiempos !!!GRACIAS RICARDO

    Marta Susana24/03/2013 22:15:33

    Hermoso relato, Ricardo. Ya lo había leído en uno de tus libros pero fue un placer releerlo. Gracias Eduardo por esta pulicación.

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