• Vicente Fernández y una historia en Madrid de la postguerra

    Muchas veces recorremos largos caminos con nuestra mente por el gran baúl de sastre de nuestros recuerdos o vivencias, para encontrar ese relato que pueda resultar interesante o que nos permita, como hilo conductor, expresar determinadas ideas o puntos de vista.

    Y hay otras, como ocurre con muchas jugarretas del destino, que el tema que buscas te viene dado de manera casi fortuita. Una mañana cualquiera, cuando ya el 2004 se iba despidiendo y cuando, por ese motivo, uno va quedando con amigos para saludarse y recopilar un poco lo vivido e intercambiarse parabienes mirando al futuro, del que siempre esperamos lo mejor a sabiendas que las cartas vienen mezcladas para que el juego sea más entretenido, había quedado con Vicente.

     

    Vicente Fernámdez es de los españoles a los que, al nacer a finales de los años veinte o comienzos de los 30, les ha tocado la china de vivir sus primeros años en un entorno ininteligible con sirenas de emergencias de fondo, muchas necesidades y los rostros intranquilos y angustiados de los mayores que intentaban darle cobijo y sosiego.

    Cuando así se llega para ocupar el lugar del escenario que esa mezcla de azar y circunstancias que es la vida nos depara, los acontecimientos de los seres, aún de los más anónimos, a poco que se hurgue en sus memorias, son como mínimo interesantes y por lo general excepcionales.

    Charla de Navidad de un  argentino y un madrileño

    Pues bien, en un viernes diciembrino de un Madrid con ese tono frío que nos va haciendo sentir la llegada de la Navidad, allí por donde Modesto Lafuente se topa con Maudes, en los Nuevos Ministerios, precisamente en ese punto que permite ver las aceras y edificios de Maudes fugando hacia el horizonte que enmarcan Santa Engracia y Bravo Murillo, pues allí, allí mismo  nos instalamos en una mesa junto a los cristales del Bar N. Abascal con Vicente, para echarnos unas parrafadas y quedar ya para el 2005.

    Calle de Ave María, Barrio de Lavapies, Madrid, EspañaVicente es ese típico madrileño siempre joven, activo y vitalista que puedes encontrar por estas calles de una ciudad también en esto sorprendente. Muchas veces me había hablado cómo en su adolescencia había partido hacia París, simplemente porque los dados del destino hacían que allí tuviera un familiar o amigo de la familia que podía recibirlo en la estación de trenes y darle el primer albergue y contactos. Eran años duros y había que buscarse la vida en otros lares. Esos relatos bien merecen per se que se reflejen en otras páginas. 

    Mas este viernes de marras, con un café y un té humeando ante nosotros, por esos vericuetos extraños de la conversación, comentábamos cómo por la futilidad del ser humano, cada vida estaba siempre al voltear de una moneda y que cómo esta cayera implicaba desde  seguir viviendo hasta el cambiar o no de derroteros, a veces de manera radical.

     

    Rememoraba que, al decir de algunos historiadores, personajes como Hitler, por ejemplo, pudieron haber muerto en varias ocasiones, en plena juventud y con ello haber cambiado, tal vez, acontecimientos duros y tristes de la humanidad. Lo dicho, el azar que vaya a  saber quien lo manipula, para que las cosas sean lo que son y nosotros nos movamos con aparente libre albedrío, encaminados o metidos en roles que interpretamos con la seguridad de creer que los hemos modelado a nuestro gusto.

    La dura historia de un chico madrileño, que suena a tango

     “Aquí me tienes a mi”, ha dicho Vicente, “que estaba tirado a mis seis añitos en una cama del Hospital y rodeado de médicos que me miraban, esmirriado, delgaducho, la cara con mis  ojos asustados. Ellos acompañaban la mirada con un balanceo de la cabeza, que luego he razonado que querían decir  ´ no hay nada que hacer ` “.

    Tal como lo he retenido en mi memoria, voy a volcar los recuerdos de Vicente. Imagino aquellos días, con su madre desesperada a la vera de la cama, ora en el Hospital ora en su casa. Con aquel Doctor Castañón que, cual Gregorio Marañon, compaginaba sus estudios en laboratorio, sus cátedras, la consulta y el hospital con el seguimiento de sus pacientes y palabras cálidas y alentadoras para los familiares, aunque su cabeza también se balanceara por la evidencia del estrago que el Bacilo de Koch estaba produciendo en aquel chavalín enflaquecido y amarilleado que tenía ante sí.

    Comentaba Vicente que en esa casa humilde con cuatro hijos, de los que él era el más pequeño de todos, tres varones y una niña, en esa casa la capitana,  esa gallega  lucense, Aurora, su madre, con el instinto que guardamos de nuestros ancestros desde hace millares de años, apartaba  para él un valioso huevo que conseguía incluir en la compra con las pesetillas de cada día. Mientras tanto Toribio, su padre, partía cada mañana con la preocupación en el alma por el hijo que se debatía en una lucha tenaz contra un bacilo que él ni sabía que era ni de adonde había venido, pero al que maldecía mil veces.

    Ya el amigo Roberto Santamaría nos refirió sobre el tenebroso Bacilo de Koch

    Vicente, al recordarme el Bacilo de Koch, había logrado por un momento que me instalara yo mismo, a su vez, en los años del Normal 3 de Rosario, Argentina, allá lejos en la geografía y en el tiempo, cuando el Doctor Oar, otro hombre sabio, nos hablaba de ese flagelo de la tuberculosis que por entonces, hacia 1960, el hombre venía derrotando. Tuvieron que pasar muchos años para que valorara las palabras dramáticas y el ceño preocupado de aquel gran profesor.  Fue analizando el tango, que recoge los dramas que esta enfermedad  provocaba en la Buenos Aires pobre de los inmigrantes.

    Y ahora, en un diciembre madrileño, un hijo de esta ciudad venía a singularizar el drama, a ponerle un nombre y apellidos, a sacarlo de las estadísticas y la historia de la medicina para humanizarlo y revivirlo, con esa particularidad de Vicente, diciéndolo todo desde un optimismo vital que, sin dudas, es parte de su naturaleza y ha servido para derrotar al bacilo tanto como las medicinas y atenciones del Doctor Castañon, los mimos, cariños y comidas especiales de Doña Aurora y el esfuerzo de Don Toribio para allegar los medios económicos.

    Por la suma de estos esfuerzos convergentes y sus ganas de vivir, Vicente fue borrando esos huecos de sus pulmones, se fortaleció y se reintegró poco a poco a los juegos infantiles, al aula de su escuela, al universo de los niños de la Madrid de posguerra en la que ellos, que solo eran futuro, han sabido ser felices porque las circunstancias, duras muy duras, eran las que encontraron en sus primeros aleteos de vida, entre cañoneos, alertas de ataques aéreos, estraperlo y tarjeta de racionamiento.

    Y aquel encuentro casual en una esquina cualquiera...

    Calle de Ave María en Madrid, España. Castiza como el barrio de Lavapies donde recorre sus centenares de metros.Transcurridos unos pocos años, cuatro o cinco,  Vicente caminaba con su madre por la Calle del Avemaría, donde vivían, camino al Mercado de Lavapies. De pronto una mujer enorme desde su punto de visión, se acerca a Doña Aurora, la abraza casi llorosa mientras se conduele, haciéndose cargo de la pena que ésta aún viviría por la pérdida de aquel niño. Cuando Aurora consigue apartarse un poco del abrazo de Milagros, aquella enfermera regordeta que ya había reconocido Vicente, lo señala al muchachito y le dice simplemente…  “No llore Milagros, mírelo, aquí lo tiene… ya está muy recuperado, vamos, que se ha curado”. El llanto esbozado por la cariñosa enfermera se trocó en lágrimas de alegría y en un fuerte achuchón al chaval, que vivía azorado todo aquello y se aferraba a la mano de su madre.

     

     

    Lo que sigue es la vida, la larga y plena vida de este buen amigo. Su estancia durante diecinueve años en París. Su retorno a un Madrid que viene creciendo y va recuperando a sus hijos lejanos, pues puede ofrecerles las posibilidades de desarrollo que antes les había negado. Una vez más,  las circunstancias.

    Ya con su familia propia, con Elvira y las hijas que van llegando, Ana, Isabel y Olga, ahora va aplicando los conocimientos que ha traído en los petates desde París, su experiencia en técnicas de venta y su mucho talento personal que le ha venido dado en ese otro petate que ahora llaman los genes. Altos cargos, equipos de venta, empresa propia, desarrollo personal. Asi van pasando los años.

    Cuando la suerte que es grela...

    Un día cualquiera del setenta y cuatro tenía cita médica en una consulta de la calle Martínez Campos nuestro amigo Vicente. Y allá se va acompañado por  Elvira. La sala de espera con las consabidas revistas en una mesilla rectangular, unos cuadros de paisajes primaverales… vamos, la típica sala de las largas esperas. Esos minutos en los que es casi imposible no cruzar algunas palabras con los otros (y nunca mejor dicho) pacientes.

    Como quiera que delante de nuestros amigos y completando el grupo, había otra pareja en apariencia de jubilados, al instalarse en la sala Vicente se quedó con el rostro de aquel hombre que, como él, acudía ese día a la consulta del médico especialista.  Creía tener la certeza de conocerlo y muy bien, pero no atinaba a centrarlo en sus  recuerdos. Su compañero de espera, ya con sus años, se quejaba de la demora y su mujer a su vez le espetaba que, cómo él, que también era médico, no sabía comprender a su colega y esperar con tranquilidad su turno, que total… para lo que tenían  que hacer!

    ¡El Doctor Castañon!

    A Vicente le habían dado el dato que le permitía completar el cuadro  que iba configurando en su memoria. Ahora todo le encajaba en su cabeza y solo se tenía que armar de valor para comprobar la veracidad entre aquellas imágenes infantiles que vagaban en su mente y esta realidad que estaba viviendo. Se puso de pie y disculpándose por anticipado por su atrevimiento, le medio preguntó y medio señaló a aquel caballero de cabellos grises: “Usted es el Doctor Castañón!!”.

    El abrazo que le dio traía años de atraso, de las tantas veces que en su vida le volvían a su memoria los cuidados y la tenacidad de ese médico que no cejaba en medicarle, acariciarle la frente y estimularle con palabras cariñosas. Ambos se olvidaron por un momento de la sala de espera, del porqué estaban allí… de las actuales circunstancias. Los dos llevaron sus relojes a los años treinta y es posible que el veterano médico  haya pensado “Valía la pena”.

    Ya habíamos dado cuenta de un par de cafés y tés y llegaba la hora seguir cada uno su camino. Nos deseamos lo mejor mirando hacia lo desconocido y yo me llevaba, para atesorarlas y contarlas, unas vivencias de alguien al que siempre me ha gustado escuchar con atención, pues tiene cosas para relatar que llevan consigo una moraleja implícita.

    Vicente supo hacerme vivir una Madrid de lucha sin par para sacar adelante cada día y enfrentar el siguiente como un nuevo reto al que había que superar, consiguiendo así otro crédito de veinticuatro horas.  Lo interesante es que desgrana esos recuerdos sin olvidarse que la vida en el hogar paterno era plena, que atesoraban sueños y que con lo poco también sabían alcanzar momentos de alegría.  Era la inocencia de esa sociedad que Sánchez Ferlosio me ha mostrado en “El Jarama” y que equiparo a mis años de niñez en un pequeño pueblo perdido en la pampa o en un barrio de los suburbios de Rosario. Cuando lo poco es mucho y cuando la lucha por conseguirlo se valora por sí misma.

    Eduardo Aldiser    
    Argentina al Mundo y un recuerdo emocionado a ese amigo español, que está allí para echar una mano

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    Lista de comentarios

    Eduardo Aldiser15/04/2015 01:55:54

    Muchas gracias Carmen Castejón. Como ha ocurrido con Marta Siciliano, recibo tus palabras con mucho gozo pues provienen de una poeta con la sensibilidad a flor de piel. En estos días nos veremos seguramente en la Tertulia Literaria "Decires en el Camino" que tú convocas en Pontevedra, allí podré conocer a escritores y artistas pontevedreses que me enriquecerán con sus conocimientos. Eduardo

    Carmen Castejón Cabeceira15/04/2015 01:38:40

    Realmente un relato impactante y emotivo.Tienes destreza narrativa ¡ me ha encantado leerte!

    Eduardo Aldiser14/04/2015 22:15:50

    Muchas gracias Marta, viniendo de una escritora y poeta me halagan aún más tus palabras. Un fuerte abrazo que se va de España hasta ese Pergamino pampeano. Eduardo

    Marta Susana Siciliano12/06/2011 04:43:11

    Leí el relato y realmente me ha emocionado muchísimo. Gracias por brindarnos la oportunidad de conocer historias de vida tan valiosas y emotivas.

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